Una historia de amor

Manuel era un muchacho de 19 años al que le gustaba mucho el deporte. Así pues, todos los días se iba con sus amigotes a jugar un partido de fútbol a un campo que no estaba muy lejos de su trabajo. Un pequeño campo que, aunque estaba un poco descuidado por la maleza que lo rodeaba, usaban para sus partidos; unas pequeñas liguillas formadas por los muchachos de distintos barrios de la ciudad. Colocaban unas piedras a modo de postes para la portería y así echaban su pachanguita para divertirse. Ricardo era un chico excepcional, alegre muy extrovertido y tenía gran facilidad para relacionarse con todas las personas que se acercaban a él.

Una tarde al salir del trabajo y en compañía de dos de sus mejores amigos, Ricardo y Jacinto, dos chicos de su misma edad que habían crecido juntos ya que eran del mismo barrio, se fueron de copas ,aunque realmente eran cervezas. Se bebían tantas cervezas como si de una competición se tratara. Así era la imagen que dejaban a su paso por cada lugar de copas que visitaban, aunque realmente eso no era así. Un día llegaron a una cafetería a media tarde y empezaron a beber sus cervezas mientras charlaban de sus cosas. El dueño del local, al ver la cantidad de cervezas que consumían, terminó por no servirles más, pues si no el resto de clientes se iban a quedar si ellas. Manuel, con su buena fe y muy respetuoso se dirigió al dueño y le dijo -¡Por favor! Sírvanos la última y nos vamos.

El dueño, ante esa mirada encantadora y, poniendo una buena sonrisa en la cara que en pocos casos se veía, le dijo: – Mira chico, cerveza no os puedo servir, pero si queréis otra bebida corre a cuenta de la casa.

Manuel, con un tono un poco mosqueado pero sin perder los nervios le dijo al hombre: – ¡Gracias por la invitación pero no somos alcohólicos!.

Los tres muchachos se fueron contentos porque, a pesar de todo, ya se habían bebido dos cajas de cervezas y un barril, y sabían que si hubiesen bebido una más les podría haber sentado mal.

Una mañana Jacinto llegó a casa de Manuel con Ricardo, y les propuso ir a dar una vuelta por los alrededores. Esa mañana lo iba a cambiar todo en sus vidas. Se dirigieron a un parque no muy lejos de la casa de Jacinto, un pequeño parque donde podían hablar tranquilos por su encantador ambiente. En toda la ciudad sepodía oler el humo de los coches. Sin embargo ese parque, por sus numerosos y frondosos arboles, daba un aspecto saludable a toda la zona. Estaban hablando de lo que iban hacer esa tarde cuando de repente aparecieron unas muchachas muy bonitas. Eran tan lindas que los chicos al verlas se quedaron mudos; eso si, sin apartar la vista en ningún momento de aquel precioso manjar. Jacinto, que era el más atrevido de los tres, se acercó a las chicas y sin más preámbulos se presentó. Les comentó que estaba con unos amigos y si les gustaría una presentación, cosa a la que las muchachas accedieron. Después de una charla y unas cuantas risas, porque la verdad cuando Jacinto y Manuel estaban juntos entre ellos era la monda, como los payasos de un gran circo, se despidieron.

Al cabo de unas semanas Manuel, que iba de compras, se volvió a encontrar otra vez a una de las chicas, y al pasar por delante de ella se puso tan nervioso que no supo que decir. Ella le sonrió y con voz tímida le dijo -¡Hola Manuel! , ¿Qué haces por aquí? . Él, que era un muchacho bastante cortado, sobre todo cuando había una chica que le gustaba le respondió – Estoy dando una vuelta por el centro comercial a ver si me compro algo de ropa. -¿Te importa que te acompañe?, le dijo Laura, así se llamaba aquella chica que tanto le tenia colado desde la primera vez que la vio en aquel parque con sus amigos. Manuel sonrosado respondió: – Sí, encantado. Ese día estuvieron toda la mañana recorriendo el centro comercial sin haber comprado nada , lo único que se podía percibir es que no se querían despedir, pero en algún momento tendría que suceder y alguno de los dos tendría que dar el paso para quedar otro día y volverse a ver, ya que se les notaba enamorados aunque no sabían como decírselo el uno al otro. Esta vez Manuel tendría que dar el gran paso y dejar esa timidez de lado. Manuel decidido y con el cuerpo tembloroso por la respuesta que podía recibir de chica, le preguntó; -¿te gustaría quedar algún día para tomar algo?, y ella sonriendo respondió; -¡Algún día no, mañana!. Qué felicidad se les podía ver en aquellos ojos, como los ojos de un niño pequeño cuando le dan un caramelo. Habían quedado para otra cita, eso si que era estupendo porque Manuel nunca había tenido novia y esta era la primera vez que iba a salir con una chica.

Después de la mañana siguiente y unos cuantos meses más tarde, de esa relación que se había formado surgieron los problemas. Esa chica se había quedado embarazada y eso no es todo, había quedado embarazada de gemelos. Manuel no le daba importancia ya que tenía un trabajo y él sabia que con su sueldo sacaría adelante a su chica y a sus pequeños.

Después de tantos meses sin ver a sus amigos, a Manuel se le ocurrió ir a verlos para saludarlos y en especial contarles que había dejado embarazada a su novia y que iba a tener gemelos. Jacinto, con buenas palabras, le dice que la opción más sencilla era que abortara ya que si seguía adelante se le iba a arruinar su futuro y que era un chico joven que tenia toda la vida por delante. En el caso de la chica sus amigas opinaron lo mismo: que era una chica joven y que, si seguía adelante con aquel embarazo, se le iba a acabar esa libertad que había tenido hasta ahora, y que ya no podrían salir mas juntas como habían hecho desde siempre, porque según su criterio traer un hijo antes de los 30 años era de locos. Ellos en todo momento y antes esos consejos de sus mejores amigos hicieron caso omiso y decidieron arriesgarse.
Ya habían pasado 24 semanas de gestación de la muchacha, y tanto ella como Manuel estaban dispuestos a llevar el embarazo hasta el final, ya que estaban muy enamorados y eran muy felices con aquello tan bonito que les estaba sucediendo, pues era algo que solo ocurre una vez en la vida.

La mala suerte quiso que una mañana, la muchacha se despertara con unos dolores en todo el cuerpo, algo así como un mazo aporreando un muro de piedra. Sentía un dolor tan intenso que tuvieron que ir al medico de urgencias.

En el chequeo que le acababan de hacer le habían detectado un tumor en el hígado. Manuel no se lo podía creer, se había quedado mudo cuando el medico se lo transmitía y el no daba crédito a esas palabras tan fuertes, -¡tiene un tumor en el hígado, habrá que hacerle más pruebas!, así se lo dijeron, mientras tanto ella tendría que quedar en observación ingresada en aquel hospital. Ahora venia algo que como a todas las personas en algún momento de nuestras vidas tenemos que hacer. Él no sabia como se lo iba a decir a su querida novia y futura mujer. Sabía que un tumor de esos no se cura tan fácil y además estaba embarazada. La muchacha al saber el mal que padecía se derrumbó al igual que Manuel, que no hacia mas que llorar de rabia porque sabía que el hijo que su amada esperaba no nacería, debido al tratamiento médico que le iban a suministrar en un par de días. Y en aquellas circunstancias era consciente que a ella la iba a perder también, dado lo grave de la enfermedad.

Aquellos muchachos jóvenes no pudieron soportar más aquella presión o como decían los mayores “una lección de la vida”.
Y esa tarde, se subieron al último piso de aquel hospital, una novena planta, y en un abrazo y un beso empapado por las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, juraron amarse para siempre. Y allí, desde aquel ventanal, se cogieron de la mano y con un “te quiero” se lanzaron al vacío.

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